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Tarjeta Sucia (2000)
de Patricio Vallejo Aristizábal

Quito se va cubriendo de niebla y el cielo empieza a resoplar. Llueve. La gente se esconde en los rincones, se oculta, intentando borrar sus historias oscuras, sus miedos. Tarjeta Sucia camina alumbrado apenas por un farol que vomita haces de luz amarilla. Casi no siente las gotas que se le descuelgan del rostro y caen irremediablemente a la acera. La calle está vacía; apenas se escucha el silbido lejano de un guardián en la oscuridad. Tarjeta Sucia no se ha percatado de su presencia, solo necesita un trago; un trago y un hombro, quizá te quiero. Nada más.

Abril lo espera junto a la ventana; está segura de que debe llegar y aunque está harta de esperar no deja de mirar a la calle. Ella lo ama pero se niega a comprenderlo. No puede entender sus palabras cansadas. Él la ama, pero no quiere ver sus gestos de tedio. Se han perdido sin darse cuenta en el río de lodo que baja por las quebradas de la ciudad. Otra vez la lluvia. La miseria se ha apoderado de todos, los ha cambiado en máscaras de cristal, máscaras huecas, frías. Abril no quiere llorar y Tarjeta Sucia necesita sus lágrimas para ser redimido. Ahora se encuentran; ha pasado tanto tiempo. La ciudad ha carcomido sus sueños y no tienen otro remedio que caminar juntos, estar juntos, aunque sepan que el amor que los cubrió una tarde haya sido arrasado por la lluvia y solamente les quede el sabor de la noche, amargo. Ella se recuesta sobre su pecho y llora, pero él ha cerrado los ojos, está dormido, tal vez muerto. Abril lo sabe, lo siente, lo abraza, lo vuelve a amar, pero ya no es tiempo de lamentaciones, no es tiempo de aferrarse … ojalá algún día deje de llover.

Luis Montero Arregui


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