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MANIFIESTO

CONTRAELVIENTO TEATRO

Resistir no es suficiente


Cada vez es más corriente escuchar que el teatro está muriendo. Que va cayendo a manos del cine y la televisión. De los grandes espectáculos de la diversión. Desde un punto de vista, esto puede ser cierto. Hay un teatro, tal vez el que se reconoce a simple vista, que puede sufrir de un mal de desamor. Y, es que ya no les es de ninguna utilidad a los señores del consumo y a los funcionarios de la complacencia. De alguna manera, pasó a ser el tío viejo y pobre de la industria del entretenimiento y las políticas culturales. Postrado, entonces, se repite a sí mismo regalándose a las supervivencias del snob cultural. Se arrastra tras las migajas que quedan del mercado y la masificación. Ahí se queda, relegado al último rincón del divertimento. Complaciendo y complaciéndose, casi invisible, en su declinar. En algún caso, se mantiene desesperado, arrimado tristemente a sus hermanastros. Agarrado de sus bastas. Un teatro en extremo simple pero pretensioso.

Hay, sin embargo, otro teatro que ha logrado resistir al margen de esas circunstancias. Que se ha empeñado en ponerse en movimiento, en activarse desde dentro. No se lo reconoce a simple vista porque su existencia se realiza por fuera del orden de la quietud y el estancamiento. Que ha decidido reconocerse en su complejidad. Se sostiene por una enorme convicción de sus cultores. Un teatro que resiste de pie aún cuando el piso sobre el que se asienta es inestable como arenas movedizas. Que debe arriesgarse a encontrar su identidad a pesar de las demandas del statu quo, los mínimos recursos y el diminuto reconocimiento. Un teatro que se sabe oficio, dominio de técnicas prácticas que se deben usar para modelar su vida. Que exige compromiso, respeto, rigor y disciplina. Un teatro que se enseña y se aprende en procesos personales, privados, individuales. Procesos que continúan en la medida de la necesidad de sus cultores por ir más allá. De desentrañar sus misterios. De seguir huellas en la nieve y de pisar fuerte para dejar huellas en la nieve. De recibir legados y dejar legados. Un teatro que se sostiene en su cualidad-calidad.

Cuentan que cuando en la cordillera de los Andes la tierra está cansada, el cielo acude en su auxilio y, complaciente, la reconforta con una agradable y purificadora lluvia. Cuentan que la tierra, agradecida, se adorna de colores y el arco iris se presenta majestuoso detrás de los nevados. Es entonces cuando las gentes de los páramos, los valles y ciudades sienten ese suave viento mimoso. Así nacimos, testigos del amor, en el tiempo del renacer, apostando por la vida, transeúntes sonrientes con el rostro contra el viento. Así nacimos un dos de enero de 1991, en un0 de los salones, el más pequeño y escondido, del Instituto Nacional de Danza, cuando éste mantenía su sede en la Casona de la Mercadillo y 10 de Agosto, en Quito. Nos reunimos seis jóvenes interesados en aportar a la renovación del teatro. Basábamos nuestra idea en el hecho de sostener que el teatro giraba alrededor del “arte del actor” y que no nos satisfacía el teatro que conocíamos y del que proveníamos. Desde un inicio el teatro ha sido para nosotros rebelión. Han pasado veinte años desde ese entonces y hemos logrado construir el camino que hacemos por nuestros propios pasos. Más allá del aislamiento y ostracismo en los que nos hemos visto obligados a existir. Por mucho tiempo desconocidos y desvalorados, especialmente en el medio teatral y cultural en el que nos desenvolvemos. Hemos sido, entonces, exiliados en nuestra propia tierra. Por eso, hemos debido conquistar el territorio vital que habitamos. El teatro devino para nosotros en una pequeña patria de rebelión y libertad, donde realizamos nuestra existencia como ciudadanos con plenos derechos.

Seis personas que veníamos con historias personales muy distintas, pero a las que nos unían dos simples, pero muy fuertes cualidades al tiempo: en primer lugar una gran necesidad de conocimiento y práctica del teatro, y en segundo, el que ninguno tenía formación académica o formal en el mismo, pero que tampoco la deseábamos, fuimos los fundadores de lo que al poco tiempo se llegó a llamar Contraelviento Teatro. Un bailarín de danzas folclóricas, dos actores aficionados de teatro barrial, una actriz aficionada de teatro universitario, una antropóloga y un actor del teatro profesional sin formación académica, acudimos al primer encuentro con la intuición de que el teatro era más que aquello que habíamos conocido hasta ese entonces. Pero, que ese algo más, debíamos descubrirlo con la práctica que íbamos a emprender. Decididos a ser autodidactas y a correr el riesgo de la experimentación sobre el vacío, como punto de partida. Con el tiempo, solo uno de aquellos se mantuvo con el proyecto, sin embargo, esa condición inicial en la composición del grupo se mantuvo en todos quienes alguna vez fueron o siguen siendo miembros de Contraelviento. Para el día de hoy han sido veinte, las personas que, en algún momento, y siempre por un tiempo de varios años, fueron parte del grupo. De estas, seis son parte del elenco actual, como si de un número cabalístico se tratara. Nuestras proveniencias personales son diversas, los principios que nos sostienen siguen siendo comunes, éticos y prácticos. Los que seguimos, somos, ahora, imprescindibles.

Las inquietudes que nos convocaron en un inicio, de transformar fácilmente y sin conflicto, al teatro que conocíamos, el que nos resultaba simple y ajeno, se fueron modificando con el tiempo. Creíamos ingenuamente que al teatro se lo cambiaría, tan solo con transformar las formas que lo organizaban. Bastaba, entonces, con cambiar las puestas en escena, monótonas, casi estáticas, o cambiar los diálogos, aburridos y previsibles, -aún los espectáculos más jocosos, o aquellos circenses casi atléticos, no se escapaban de esta condición- que reprimían la creatividad del actor, o cambiar el modo de presencia de los actores, dotándoles de mayor plasticidad en su expresión, para cambiar al teatro, para devolverle la vitalidad que percibíamos estaba perdiendo. En nuestro empeño, al poco tiempo nos encontramos en un callejón sin salida. En el fondo, no lográbamos despegarnos de aquello de lo que nos queríamos deshacer. Lo que hacíamos era distinto, pero solo por fuera, como una cáscara vacía. Nos sentíamos pura cáscara. No tardamos en reconocerlo, demasiadas certezas nos habían difuminado el camino. Desorientados como en medio de la más espesa niebla, empezamos a caminar por nuestros propios pasos. Aprendimos a encontrar referentes lejanos, huellas difusas, en el espacio y el tiempo, que otros antes que nosotros nos dejaron como rastros, apenas señales para evitar distraernos, para afirmar nuestro andar. Aprendimos a ser parte de una tradición compleja, múltiple, a reconocer maestros, a buscarlos, a aprender de ellos. Nos encontramos con el teatro como al arte del actor. Empezamos, muy pronto a buscar un actor en nosotros.

Cuando en nuestro afán juvenil desarrollábamos el trabajo, pensábamos, también, que pronto alcanzaríamos a instalarnos entre los hitos de la historia cultural de nuestro país. El camino no tardó en revelarnos, no sólo la indiferencia y el desprecio de la institucionalidad cultural, sino que lo que hacíamos era todo lo contrario a esa pretensión. Lo que hemos venido haciendo, diariamente, todo este largo tiempo, ha sido impugnar a la cultura, rebelarnos contra su pretensión de mantener un orden en el sentido que organiza. Entendimos que nuestro lugar está al margen. Desde ahí, percibimos que construíamos nuestra propia historia de la cultura. Nos impugnábamos, por tanto, a nosotros mismos. Nos rebelábamos contra nosotros mismos, permanentemente. Así, aprendimos a ponernos en movimiento, a ser visibles para nosotros mismos. A no ocultar las tensiones que nos son desde lo íntimo, que nos impulsan, nos activan. Al margen, vimos como las industrias culturales, las políticas culturales, arrasaban con todo, lo difuminaban todo. Como un pequeño charco al margen del torrentoso río de la historia de la cultura, que disuelve y arrasa, empezamos a escribir nuestra propia historia. Descubrimos los hitos que nos configuran, los escribimos con letras doradas en nuestros altares. Cambiamos permanentemente, de manera que lograrnos mantenernos leales a los impulsos que nos mueven, a la rebelión, a la precaria libertad de exponernos en nuestras más íntimas tensiones, a sabernos. El teatro es desde ahí una puesta en vida de la precaria verdad íntima del ser. Es, sigue siendo para nosotros. Quisimos cambiar al mundo, al teatro, pero seguimos aprendiendo a cambiarnos a nosotros mismos. Ahí está el misterio del grupo, su paradoja y su enigma: mutar para mantenerse.

El teatro es un suceso, un hecho empírico que acontece como una visión efímera pero profundamente real en sí misma, en el fin del mundo de lo que es conocido y aceptado, del que son parte actores y espectadores. Muchas veces en el proceso de nuestra vida grupal, nos confundimos, nos perdimos de vista de nosotros mismos, pero también nos regodeamos y acomodamos. Parecía que las cosas del teatro estaban fuera del teatro, como si de una virtualidad se trataba. Existíamos en afiches y en notas de prensa, en amistades de nombre y sesiones de fotografía. Era más fácil y eficiente dedicar el tiempo a promovernos y ubicarnos en el universo simbólico reconocido y aceptado, que caminar silenciosamente en pos del dominio de las técnicas que explorábamos, de la creación que surge de modelar la expresión viva y sincera de nuestros cuerpos y nuestras voces. Por suerte, el propio teatro muy pronto nos llamaba a la atención, hasta que entendimos que era en el espacio de trabajo diario donde se gestaba nuestra identidad, en el entrenamiento que hemos logrado diseñar, donde se expresa la mutación, el movimiento, la vida. Nacimos como teatro de grupo, laboratorio, rechazamos las ofertas de una civilización que no nos contiene, fundamos nuestra particular cultura de comunidad, y así seguimos siendo, veinte años después, cambiando, experimentando. Comprometidos con el propio crecimiento, con la sociedad, con la vida. Atentos a los entornos locales y globales que nos rodean. Construyendo un mundo de la costilla de nuestro propio mundo. Teatro de grupo, laboratorio, comunidad.

En nuestra biografía profesional de veinte años hemos aprendido que respetar al teatro es respetarnos a nosotros mismos. Esto ha fortalecido nuestra necesidad de resistir y mantener nuestra decisión de construir nuestra pequeña patria secreta de dignidad y libertad en el teatro. Después, descubrimos que hay muchos como nosotros en todas partes del mundo y que el teatro es una patria secreta como un archipiélago de islas de rebelión y dignidad, en el fin del mundo, al margen, transnacional. Sus habitantes se encuentran, intercambian, forjan una cultura de rebelión y dignidad que resiste y hace su llamado. Es un valor que hemos sabido cuidar. Por eso no es un negocio, ni una actividad de tiempo libre, ni siquiera nuestro empleo, es el ámbito de sentido donde se realiza nuestra existencia, es la patria donde somos ciudadanos con plenos derechos. Seguimos sin privilegios, ni oportunismos, desde la convicción profunda, sin salario, ni cargos, ni prebendas, caminando sobre tierra en movimiento, modelando con esta actividad que nos demanda rigor y disciplina la conquista de nuestra vida. Tal vez no lleguemos a ser parte de los hitos de la historia de la cultura que arrasa y difumina, pero seguimos escribiendo con letras doradas los hitos de nuestra propia cultura, particular.

Hace poco caímos en cuenta que la mayoría de los chicos y chicas que vienen a nuestros talleres, algunos de los cuales pretender seguir junto a nosotros por trechos largos de tiempo, no habían nacido aún cuando se fundó el grupo. Y, nos preguntamos cómo puede suceder que un modo de ser y hacer, que es casi invisible, que es desvalorado y se considera extemporáneo, pasado de moda, trasnochado, todavía pueda dialogar con jóvenes que provienen de un contexto muy distinto al nuestro. Entonces sabemos que los impulsos, las convicciones que nos empujan y modelan, son íntimamente humanas, están por fuera de las modas o las coyunturas, vienen desde nuestro ser primitivo y se proyectan más allá de nuestros pasos. Y, nos alegra. Es indudable que hemos resistido, que nos mantenemos de pie, que no hemos claudicado y que nos hemos mantenido leales a nuestros principios esenciales, pero sabemos que eso no es suficiente. No hemos renunciado a la necesidad de conquistar un paradigma estético, de producir un arte de calidad que sea un referente de identidad. Promulgamos un trabajo cuidado, como si de una joya preciada se tratase. Exigimos atención en el camino y perfeccionamiento de las destrezas técnicas. Llamamos a modelar un teatro exquisito, con la perfección con la que el viento se acopla a nuestros cuerpos cuando nos abraza. Un teatro preciso, pulcro, que acaricia y abofetea al tiempo. Un teatro que es poesía viva. No hemos renunciado a enseñar lo aprendido, y a organizar el pensamiento que surge de nuestra práctica y de la atención a las circunstancias de nuestra vida. Como migrantes primitivos viajamos en pos del movimiento del sentido, del conocimiento. No renunciamos a ser viajeros permanentes del sentido. No desfallecemos en la exploración y la experimentación. Pero sobre todo nos hemos impuesto sobreponernos a la pereza, a las soluciones fáciles, a la mediocridad.

Atendiendo respetuosamente al llamado de los maestros, pero poniéndolos en crisis, nuestra crisis, nuestro movimiento. Enarbolaremos nuestra bandera como lo hacían los teatros ingleses isabelinos, haremos el llamado convocando a nuestra rebelión, sin complacer ni complacernos, en crisis y en marcha. Resistiremos como hasta hoy, pero con mayor calidad. Defenderemos nuestro oficio como defendemos nuestras vidas. Porque es posible que el teatro ya no le sea útil a la civilización que han construido los señores del poder y del consumo, pero atención, es sagrado, por que nos transforma, nos permite crecer. Pone en vida la precaria verdad íntima de nuestro ser, nos hace visibles ante nosotros mismos.


Patricio Vallejo Aristizábal

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